9 LUCHAS CÍVICAS 3



INVACIÓN DE LOS UCUREÑOS – MASACRE EN TEREBINTO

Texto extraido de la Revista Verde y Blanco 2014
Las imagenes en dibujo son del libro "Terebinto" escrito por don Hernán Ardaya Paz


Revisando los muchísimos documentos escritos sobre lo ocurrido en Terebinto, es destacable el trabajo que en su momento realizaron los que fueran valientes y prestigiosos escritores Hernán Landívar Flores y Hernán Ardaya Paz.

El paso inexorable del tiempo en estos 56 años a borrado casi por completo las imágenes y testimonios de todo lo ocurrido. Hemos visitado a los familiares de las víctimas y de los sobrevivientes muy poco nos han aportado algo para poder realizar un trabajo veraz y documentado de lo ocurrido. Pareciera que los autores intelectuales y materiales de la época, hicieron todo lo posible para que desaparecieran las pruebas de tan monstruosos hechos. Inclusive los libros escritos ya son difíciles de conseguir. Algunos le hallaron al negocio con la desgracia ajena y comercializaron fotocopias de quienes con esfuerzo y sacrificio, exponiendo incluso sus vidas, lograron editar sus libros, que solo se conservan en algunas bibliotecas particulares.

De todo lo conseguido y leído, hemos extractado lo que consideramos más ajustado a lo que realmente pasó. Mientras vivieron mantuvimos una estrecha amistad con Hernán Landívar Flores y Hernán Ardaya Paz, además también compañeros de prisión durante la permanente persecución del tristemente famoso Control Político. Ellos como escritores y políticos, yo como cívico y radialista, además de director de campaña del Dr. Pinto y del Comité pro Santa Cruz, desde Radio “ Rural “ del recordado Don Emiliano Peña Sandoval. La juventud cruceña tiene que conocer lo que verdaderamente ocurrió y la rara incomprensión hacia el pueblo cruceño, que estalla cada cierto tiempo en Bolivia. Se calumnia y se humilla a este pueblo dígno y generoso.

Unas veces , como ocurre en estos días, se sigue calificando a sus moradores de “ separatistas”, “ filibusteros “, o “anexionistas “. Y, el pueblo cruceño, en las horas trágicas de la patria siempre ha respondido con valor y decisión. Sus hijos, hombres y mujeres dieron su sangre en la Guerra del Pacífico, en el Acre, en la Guerra del Chaco, y allí, donde la Patria lo exigía. ¿ Por qué se calumnia a sus hijos ? ¿ Por qué periódicamente, se invade su suelo, lo que no han podido hacer los ejércitos extranjeros?. La primera invasión que sufrió Santa Cruz de la Sierra, fue el año 1877, bajo la presidencia del Gral. Hilarión Daza.

El doctor Andrés Ibáñez, por el delito de haber pedido un gobierno Federal, fue perseguido y tomado prisionero en la frontera con el Brasil, y en el lugar denominado San Diego, fue fusilado con tres de sus amigos, por el Gral. Villegas. Bajo la Presidencia de Bautista Saavedra, en 1924, una segunda invasión sufre el pueblo cruceño. Esta vez, las fuerzas del gobierno están dirigidas por el Gral. Alemán Hans Kundt, quien comete toda clase de excesos. Apresa a casi toda la juventud cruceña y se da a la cacería de los que tuvieron la suerte de huir. Pero estas dos invasiones, no tuvieron las repercusiones de las dos que ordenó el Presidente Hernán Siles Zuazo, en 1958 y 1959.

El l4 de mayo de 1958, el “ jesucristiano “ Siles Zuazo. Queriendo emular a Hilarión Daza y Bautista Saavedra, ordena la invasión de Santa Cruz, con hordas de indios de ucureña, quienes eran dirigidos por militares milicianos que no honraban al Ejército Nacional: Coroneles Eduardo Rivas Ugalde, Pablo Acebey, Ciro Mealla, Ronald Monje Roca, Julio Prado Montaño, Claudio San Román y Gral. René González Tórrez. La secuela de crímenes y vejaciones que soportó el pueblo cruceño, en esta invasión, las pasaremos a relatar en toda su maldad y crueldad.

Una nueva invasión se produce contra Santa Cruz, el 26 de junio de 1959. El mismo Presidente Hernán Siles Zuazo, asesorado por el infalible “ Fuché “ boliviano, Walter Guevara Arze, vuelca toda su maldad y crueldad, contra los moradores de la capital oriental. Las mismas hordas del año anterior penetran más hondo en el territorio cruceño y avasallan con todo lo que encuentran. Cientos de jóvenes son acorralados y tomados prisioneros y enviados a La Paz y Cochabamba. ¡ Son torturados infamemente !. ¡ Las vejaciones y allanamientos de los domicilios se cometen a cada instante !. Los milicianos de Ucureña, al mando del Cnl. miliciano Ronald Monje Roca, disparando en pocos minutos más de veinte mil cartuchos, ingresan al paso de vencedores portando ametralladoras pesadas, morteros, livianas, pistanes, bazukas, armas blancas, machetes y cuchillos.

Toda la ciudad es inundada de esa mugre, desenfrenada. Y los gritos soeces y canallescos retumban por todas partes. ¡ Abajo el Pinto !, ¡ Mueran los cruceños !, ¡ Queremos sangre cruceña !, ¡Abajo Santa Cruz!, ¡ Viva Ucureña !, ¡ Mueran las cruceñas ! Los calificativos dados a la mujer cruceña fueron canallescos y no se pueden repetir.

Basta decir, que un anciano, don Santiago Ortiz, en el colmo de la indignación, no aguantó más y se enfrentó a los malvados y los increpó. Fue brutalmente golpeado con las culatas de los fusiles, y salvó la vida, gracias a la intervención de un joven oficial del ejército. Ocho mil invasores, recorrían las calles de la ciudad en desfile de vencedores y prosiguiendo con los insultos y apaleando a quienes encontraban. Radio “ Rural “ de la cual yo era su Director, fue tomada, haciéndose cargo de la misma personal traído desde La Paz y que trabajaban en Radio “ Illimani “, desde donde continúan con la difusión de slogans denigrantes sobre los cruceños.

La familia de don Emiliano Peña sufre las consecuencias provocadas por los milicianos y éste se ve obligado a huir del país y refugiarse en Salta. Mi caso tuvo un desenlace increíble. La casualidad o el destino quiso, que la noche anterior, permaneciera hasta altas horas de la noche en las oficinas de la radio, ubicadas en la parte delantera de la casa de los Peña-Montaño sobre la calle Manuel Ignacio Salvatierra 240, hoy Imprenta “ Sirena “. Durante todo este tiempo estuve captando noticias difundidas por las radios paceñas y otras de los distritos mineros, informándole al Dr. Pinto todas las novedades.
Luego de cerrar nuestra transmisión, me quedé conversando con un grupo de amistades en la puerta de la entonces señorita Mary Farell. Nadie me avisó que la Unión Juvenil había dispuesto, ante la inminencia de la invasión de tropas del gobierno y al ser imposible enfrentarlas, abandonar la ciudad para evitar un inútil derramamiento de sangre. Como era habitual entonces, luego de dormir algunas horas con mi familia, donde vivía sobre la calle Pari, entre Colón y Vallegrande, casa de mi suegro el siempre recordado Dr. José Ortíz Aponte. A las 6 de la mañana me levanté y me aprestaba para ir a la radio a leer el informativo.

En aquella época todo era a pié. Al llegar a la esquina me quedo unos minutos con el Dr. Celso Castedo Barba, casa contigua a donde yo vivía y me sorprende la llegada presurosa de mi recordado y querido abuelo, Dr. Godofredo Aguilera Arredondo, quién conocedor de lo ocurrido, preocupado quería saber de mi suerte. Por él me informo que Santa Cruz había sido tomada y el peligro que yo corría, puesto que en alguna reunión, Julio Calvo Crónenbold, de los más abusivos y odiadores dirigentes del M.N.R., habría manifestado que en la primera oportunidad que tenga, me cortaría la lengua. Ese día la pasé dentro del natural nerviosismo, con el agravante de escuchar a la radio, que estaba a mi cargo, difundir una campaña de difamación con términos irreproductibles.

Mi familia todavía más preocupada porque esperaba que en cualquier momento aparezcan los esbirros del Control Político para detenerme como muchas veces lo habían hecho Seguramente no aparecieron porque se imaginarían que yo estaba con los unionistas que partieron hacia La Bélgica, Al llegar la noche, me despedí de mi familia, les dije que no se preocuparan, abandoné la casa sin avisarles donde me encontraría para no comprometer a nadie. Mi gran amiga, la señora Amalia Colodro de Lorentzen me dio asilo en su casa de la calle Mercado, a tan solo 200 metros de mi vivienda. Permanecí varios días, hasta que informado de los cientos de unionistas presos y trasladados a Cochabamba y La Paz, no quedaba otra que buscar salir al exterior.

Se me alumbró la lamparita y tomé la decisión de volver a la casa del Dr. Ortiz Aponte para dar a conocer mi plan de fuga. Me teñí el pelo a rubio, me saqué los bigotes, etc. etc. La familia Quezada me colaboró decididamente sacando un salvaconducto para salir a Cochabamba. Es en esta circunstancia logro llegar a esa ciudad en medio de un camión en principio cargado de tomates, luego cambiada la carga para llenarla de indígenas y milicianos traídos por el tristemente célebre gobierno de Siles Zuazo. Ya en Cochabamba soy acogido por la familia Trigo – Guzmán, quien hizo viable mi llegada a La Paz, para luego asilarme en la Embajada del Brasil donde estaba un grupo de falangistas, entre ellos mi amigo Nicanor Jordán Castedo. Conocedor de que al Dr. Pinto lo habían sacado al Perú y que ese va a ser el destino de un grupo numeroso de detenidos, opté por salir al Perú, pero ese es otro capítulo de mi vida.

Volviendo a la toma de Santa Cruz, los indios y milicianos por la noche, se dieron a la tarea de pintar las paredes con insultos tan soeces, que asqueaban. Al día siguiente, se dedicaron a perseguir a los prófugos. La labor persecutoria de las milicias de Ucureña, dieron lugar a los asesinatos del 19 de mayo, donde cinco falangistas fueron bárbaramente torturados y cuatro de ellos, torturados y asesinados. ¿ Cuál es el delito del pueblo cruceño ? ¿ Por qué tanto odio de Siles Zuazo y Guevara Arze ?. Santa Cruz, es un pueblo distinto a todos los habitantes de la zona andina de Bolivia. No hay diferencia de idiomas y su raza es blanca. Parece un lunar, en la conformación territorial. Sus costumbres, su forma de vida, difiere enormemente de los que viven en el altiplano. Nuestra gente, es despierta, vivaz y parlanchina.

Su franqueza, llega a extremo de la idiotez. Por esta razón, se nos califica de impulsivo, irreflexivo y hasta de atolondrado. Por estas diferencias de raza y costumbres, desconfían de nosotros y les meten en la cabeza de que Santa Cruz desea independizarse, anexarse. Justo es reconocer, que muchos cruceños son culpables de estas arbitrariedades. Bajo la férula del Movimiento Nacionalista Revolucionario, se debatía el pueblo boliviano cuando amaneció aquel 14 de mayo de 1958. FSB trató de levantarse en armas contra la tiranía imperante en el país. Pero la delación y el espionaje dió por los suelos con los planes de los revolucionarios. Fracasaron en La Paz, y las cárceles y las embajadas extranjeras se llenaron.

En Santa Cruz de la Sierra, fue en la única ciudad en que triunfó la revolución. Sin un solo disparo, las autoridades fueron depuestas y Falange Socialista Boliviana se hizo cargo del Gobierno Departamental, bajo la dirección y responsabilidad del sub jefe de ese partido, el Dr. Mario Gutiérrez Gutiérrez. Pese a las vejaciones y torturas que esas autoridades depuestas, habían cometido contra el pueblo cruceño, los revolucionarios falangistas, no se vengaron y respetaron a los verdugos. Ante el fracaso de la revolución en La Paz, los revolucionarios cruceños abandonaron la plaza, para evitar derramamiento de sangre al amanecer del día 15, por los cuatro puntos cardinales.

Las autoridades del gobierno, volvieron a sus cargos como si nada hubiera pasado. Dieron parte a Siles Zuazo, de la vuelta a la normalidad de la considerada plaza rebelde. Pero el Presidente Siles Zuazo, y su ministro José Cuadros Quiroga, vieron llegada la ocasión, tan ansiadamente esperada por ellos, de sentar la mano, al pueblo cruceño y no midieron consecuencias. Se acusó a la “ Unión Juvenil Cruceñista “, de estar en tratativas con el Brasil, para anexar Santa Cruz. Al esclarecido patricio cruceño, doctor Melchor Pinto Parada se lo calificó de filibustero. A la mujer cruceña, una vez más se la denigró.

Con una vulgar y soez campaña de difamación radial y escrita, se ultrajó al pueblo cruceño, y se ordenó la invasión de Santa Cruz, por hordas campesinas y mineras, que llegaron a la capital oriental, por tierra y aire; a cuyo mando se encontraban, el Gral. Miliciano René Gonzáles Tórrez, y los coroneles milicianos, Eduardo Rivas Ugalde, Ronald Monje Roca, Julio Prado Montaño, Pablo Acebey y Ciro Mealla. Ante el arribo de los invasores, un grupo de falangistas, tomaron el camino que conduce a Porongo, Cantón de la Provincia Ayacucho.

Luego, cerca de Terebinto, este grupo de unas veinte personas, resolvieron dividirse para hacerse menos sospechosos a los lugareños. Los falangistas, José Cuéllar Achával. Felipe y Pablo Castro Parada, Gabriel Candia Ribera, Justo Jiménez, Miguel Callaú Montero, tomaron el camino que conducía al “ Potrero del Naranjal “, propiedad del señor Ángel Mercado, amigo personal de los hermanos Felipe y Pablo Castro. Otro grupo, el más numeroso, resolvió dirigirse hacia la zona de Colpa, el mismo que estaba integrado por los falangistas Oscar Terrázas, Samuel Cuéllar, Rómulo Saldaña, Tito Gallardo, Edgar Torrelio, N. Antelo, Hugo Parada, Hugo Ortega, Momoy Gutiérrez, Walter Toro, Papi Durán. Se unió a estos, Carlos Zambrana.

En la hacienda de “ Las Liras “, de propiedad del señor Julio Soliz, minutos antes de la división, fueron atendidos con verdaderas muestras de cariño. Pusieron al dueño de casa al tanto de los sucesos de Santa Cruz, que aquel ignoraba, agradecieron el frugal almuerzo que les brindó y se marcharon para no perjudicar a tan noble samaritano. Reiniciada la caminata, el grupo menor, al atardecer de aquel día 15, llegaron, a la hacienda del señor Ángel Mercado, denominado “ Potrero del Naranjal “, ( tenía este nombre por la abundancia de esta fruta), donde fueron recibidos con alegría y cariño. Inmediatamente, la bondadosa dueña de casa, doña Delmira Ordoñez de Mercado, preparó un refresco y se dio a la tarea de curar las llagas y las ampollas que tenía en los piés, Pepe Cuéllar, quién, por no ser cruceño, sufrió las consecuencias del monte.

Después de la cena, los fugitivos comunicaron al dueño de casa del porqué de su llegada. Estos les manifestaron que no tenían porqué tener miedo, ya que estaban en lugar seguro, y lejos de los sucesos revolucionarios. Que mientras estén en la casa, nada les faltaría y que se acomodaran lo mejor que pudieran. Esa noche, durmieron muy bién, ya que estaban extenuados por la caminata de todo el día y la continua zozobra en que se debatían. Amaneció el día l6, los prófugos para no despertar sospechas entre la servidumbre, resolvieron internarse entre los espesos árboles de naranjales llenos de frutas, y pasaron todo el día disfrutando de esa exquisita fruta.

En la tertulia habitual y sencilla del campesino corriente de Santa Cruz, los prófugos falangistas, insinuaron al hijo del dueño de casa, Romer Mercado, para que este fuera al día siguiente a la ciudad, llevando noticias a sus casas y luego, traerles ropa y dinero para proseguir la huída. Con la debida autorización paterna, Romer Mercado, aceptó ir a Santa Cruz al día siguiente. Para no infundir sospechas, resolvió llevar consigo un carretón con plátanos, para su venta en la ciudad.

Amaneció el día 17, Romer Mercado, ayudado por sus ocasionales huéspedes, cortaron los racimos de plátanos y se encamina rumbo a la capital. Llega a la ciudad , descarga los plátanos y se pone a la tarea de dar con cada una de las casas de los familiares de los muchachos que quedaron en la hacienda. Cumple con todos los encargos. Sigilosamente, regresa en el mismo carretón ,luego de haber visto a los indios de Ucureña, armados hasta los dientes, y disparando sus fusiles y metrallas, aterrorizando a los pobladores.

Una nueva víctima llega a la hacienda del señor Mercado, se trata de su hijo Alberto Mercado, quién tuvo que huir, dejando a su esposa gravemente enferma en el hospital de la ciudad. Este, cuenta a su padre y a los forasteros, todo el dolor y la tragedia del pueblo cruceño, ante la invasión que acaba de sufrir. Hay odio, dice Mercado. Las casas son allanadas y sus moradores ultrajados. No respetan ni a los ancianos, ni a las mujeres, ni niños. Son en verdad, salvajes.

El Prefecto Jorge Antelo Urdininea, con su ayudante Álvaro Pérez del Castillo, y el Jefe del Comando del M.N.R. Humberto Dorakis, son los que proveen de alimentos y alcohol a las huestes de Ucureña y mineros, que se encuentran acantonados a doce kilómetros de la ciudad, en la propiedad denominada “ Montenegrina “, donde tienen su cuartel general. En la noche llega Romer Mercado, conduciendo su carretón. Los prófugos acosan al recién llegado con preguntas, mientras este va sacando paquetes tras paquetes, y entrega a cada uno de aquellos hombres, los encargos y tapeques enviados por sus familiares. Todos lloran ante las noticias que son desoladoras. Los malvados han sentado sus reales en Santa Cruz y han salido en persecución de los fugitivos revolucionarios.

Sigan adelante, no se detengan, les dicen esas pobres víctimas que no han podido salir de la ciudad asediada por los vándalos. Un silencio sepulcral reina en aquella humilde hacienda, hasta que la voz del bondadoso dueño de casa, voz de la experiencia por los años vividos, se hace escuchar. Muchachos, lo que está sucediendo a nuestro pueblo, no debe ser motivo para desesperarnos. Tenemos que sobreponernos a la desgracia y tratar de vengar este ultraje. Tengamos paciencia y confiemos en la Divina Providencia.

Un presentimiento, una angustia profunda invade a cada uno de esos valientes e imponentes patriotas. La dueña de casa dice: A las 5 de la madrugada tendrán un buén desayuno, y les prepararé un tapeque sabroso para el camino. Se acuestan con el deseo de dormir, pero nadie logra conciliar el sueño. Las cavilaciones, la rabia, el odio si se quiere, los atormenta. Rezan, pero sus oraciones no alcanzan a ordenarse y mueven los labios sin sentido alguno. Los pájaros madrugadores, trinan alegremente. El sol, hace su aparición en forma más rojiza que lo acostumbrado. Pareciera, que anunciara… sangre.

En Montenegrina, los invasores reciben la visita de los traidores. De los sin Dios y sin Ley. De los que nacieron protegidos por el diablo para sembrar el odio, el caos y la muerte. Lo más triste es que son cruceños. hijos paridos por esta tierra generosa que solo flores debiera dar a luz. Son los malvados, la escoria de los pueblos. Venimos, dicen los malditos, para llevarlos donde están escondidos los revolucionarios.

Estan allí…y señalan hacia el Norte. Los llevaremos nosotros, dicen. Y, esos depravados e infelices hienas, tienen nombres: Aquino Vilches, Rodolfo Coca Roa, Pablo Lobo, Juan Carrillo, Juan Fernández, el suboficial de carabineros Jorge Helguero, Udalrico Salvatierra, Juan Guaristi, Boy García, David Morales, Marcelo Coimbra, Nicolás Melgar, Mario Barba, N. Smith, José Silva, Wenceslao Flores, Julio Suárez, Juan Choré, Abraham Justiniano, Severiano Saucedo, N. Negrete, Jesús Carrillo. Los jefes políticos ordenaron que una fracción del ejército con efectivos de Ucureña, encabezaran la persecución de los falangistas que habían sido ubicados y denunciados. Ante la negativa valiente y decidida del Comandante del Regimiento Pérez, Cnel. Miguel Muñoz Camacho y su ayudante, My. Andrés Cárdenas B., los militares no mancharon su uniforme con tan vil persecución y se negaron a cumplir la orden.

El Gral. Miliciano, René González Tórrez, iracundo, quería a toda costa obligar a los jóvenes oficiales a obedecer la orden. Los caciques campesinos que dirigieron la persecución y luego las matanzas de Terebinto, fueron: Jorge Soliz Román, José Rojas Guevara, Gregorio López, Walter Revuelta, Juan Delgadillo. La partida de los vándalos, cual buitres tras su presa fué a las doce de la noche del día 18. Momentos antes de la partida llegaron Jorge Antelo U.,Humberto Dorakis, Alvaro Pérez del Castillo, hablaron con el Cnel. Ronald Monje Roca y luego llamaron a los caciques Walter Revuelta, Jorge Soliz, Gregorio López y José Rojas Guevara, a quienes instruyeron lo que debían hacer.

Tiempo después los encausados, que fueron presos, lo confirmaron en sus declaraciones. Marchan los milicianos en pos de los desventurados prófugos. Ciento cincuenta y seis indios, con veinticinco guías cruceños, rumbo a Terebinto. A paso de vencedores, saquean todas las haciendas que se ponen a su alcance. Pegan a sus ocupantes, violan y ultrajan hasta a los niños. Los fugitivos, la mañana del l9 de mayo de 1958, comienzan a levantarse para emprender la marcha a lo desconocido. Pablo Castro Parada, es el primero en salir de la casa y, en momento en que trataba de lavarse la cara, vió la llegada de los invasores. Dio la voz de alarma, y José Cuéllar, huye por la puerta trasera.

Don Angel Mercado, dueño de casa, atina a decir: ¿ Quiénes son esos? . Y la baleadura comienza. Los milicianos habían rodeado la casa de hacienda, así que es imposible huir. Todos quedan cercados. Pablo Castro Parada, se lanza en loca carrera y logra internarse en el monte. Los milicianos lo persiguen disparándole y al ver caer al fugitivo, regresan y dan parte. ¡Ese señalando al lugar en que había huído, ya está listo!. ¡ Y los muy viles, comenzaron a flagelar, torturar y matar!. El dueño de la casa, señor Mercado, se arrodilla y pide perdón. Implora misericordia, no lo escuchan y los culatazos caen sobre el infeliz viejecito, En momentos en que va a ser victimado, su hijo Romer, se interpone entre su padre y el fusíl que tiene éste en el pecho y dice: ¡ A mi padre no. Hagan conmigo lo que quieran ! Una bala disparada por el miliciano cruceño Rodolfo Coca Roa termina con la vida del ejemplar hijo.
Un grito de dolor y asombro sale de los labios del moribundo muchacho y alcanza a decir: ¡ Madre, me han herido ! Y, cae al suelo.

La despavorida madre, se lanza sobre el cuerpo de su hijo y trata de levantarlo. Los milicianos no la dejan y la emprenden contra esa angustiada madre a culatazo limpio. Le derriban los dientes y la tienden desmayada al lado de su hijo muerto. Don Ángel trata de socorrerla pero aquellas bestias no permiten ningún acto de piedad. Lo ultrajan inmisericordemente. El otro hijo, Alberto Mercado, quiere intervenir para defender a su padre y es brutalmente golpeado. El hijo menor, de apenas catorce años, Osman, también quiere socorrer a sus padres y es fieramente agredido con la culata de un fusil, le revientan el oído derecho, le rompen la mandíbula y lo dejan sangrante. Los pequeños hijos de Rómer Mercado, lloran desconsolados abrazados del cuerpo sin vida de su padre.

Ellos, creen que aquel se encuentra desmayado. Mientras esta primera tragedia tenía lugar, los otros prófugos eran salvajemente agredidos y torturados. La casa se había convertido en un verdadero infierno, cuenta años después la infortunada madre. Don Ángel y su esposa, están semi-idiotizados. Han perdido todo concepto. No pueden ni siquiera llorar. El pánico los ha dejado sin voluntad. Sin decir un ay, siguen recibiendo golpes y viendo cómo se masacra a sus pobres huéspedes. ¡ Hasta de Dios se han olvidado! ¡Pobre gente!.¡Por haber sido caritativos y generosos, tenían que sufrir aquellas agresiones !.

Los pequeños hijos de Romer Mercado, jamás podrán olvidar aquel brutal día, en que el hogar de sus abuelos, se convirtió en un infierno. Presenciaron, el sacrificio de su padre, Las torturas inflingidas a sus abuelitos, y la masacre horripilante de los forasteros, que para desgracia de su hogar llegaron a su casa. Don Ángel Mercado, trastornado, corre de un lado para otro. Llora a gritos y clama clemencia. Socorre a su ultrajada esposa, doña Delmira, y ambos viejitos tratan de levantar el cuerpo sin vida del hijo asesinado. La maldad de los vesánicos no tiene límites. La tragedia es completa. Se masacra a prisioneros indefensos. Sangre por doquier. Los dientes de las víctimas se pierden entre charcos de sangre y tierra empapada de lágrimas.

Contempla la masacre con ojos desorbitados. Pero ya no siente ni tiene miedo. Los gritos de dolor de las otras víctimas ya no lo conmueven. Durante siete años vivió con la mente enferma. Llamando a ese hijo que quería tanto. Murió tras larga agonía y tal vez pensando en que la justicia llegaría algún día. Su abnegada esposa se convertiría en una viejecita casi acabada. Curtida por tantos sufrimientos y recuerdos espeluznantes. Ya no tiene lágrimas. Ellas se secaron aquel dia trágico. Tiempo después declaraba, los hijos de Rómer los tengo en Capinota, Cochabamba, una hija que tengo allí cuida de ellos. No quiero que vuelvan acá. Para ellos sería doloroso recordar tanta maldad y sadismo. Cuando se le preguntó si reconoció a alguno de los asaltantes ese día. Dijo : Sí, a Udalrico Sanvatierra, Aquino Vilches, Rodolfo Coca, David Morales, y a todos esos foragidos los identificaría ahora, después de tantos años.

El licenciado Felipe Castro Parada, era un activo dirigente de Falange Socialista Boliviana. Tenía a su cargo la dirección obrero-sindical. Había sido apresado muchísimas veces y enviado a los campos de concentración. Luego, exiliado varias veces por el gobierno de Paz Estenssoro. Era un fanático defensor de los derechos humanos y de la patria. Pese a su juventud, era un veterano luchador y soldado de la libertad y la democracia. Por estas razones, se puso frontalmente contra el M.N.R., por considerar a este partido, la negación del concepto patria. Sacado de su cama a culatazos, no tuvo la suerte de su hermano Pablo, que logró fugar de sus captores, comenzó a recibir los azotes y patadas, y así, recorriendo un verdadero callejón de la amargura, fue sacado al patio, donde los indios se dieron a la tarea de torturarle brutalmente.

A culatazos le rompieron los oídos, le derribaron los dientes, le hundieron el tórax, le quebraron en cuatro partes el brazo derecho, y casi le cortan la muñeca izquierda, para sacarle el reloj que llevaba. Una ráfaga de ametralladora, disparada por el jefe de Ucureña, Jorge Solíz Román, según declaraciones del encauzado después de ser tomado preso, Aquino Vilches, acabó con la vida de este valeroso muchacho. La doctora María Soliz de Jiménez, quien visitó al muerto después que fue llevado a Santa Cruz comprobó lo siguiente: Tenía fracturado en varias partes el brazo derecho, los maxilares rotos, los pómulos sumidos y los oídos reventados.

El frontal sumido y el occipital abultado como si por esta parte, la masa encefálica hubiera querido saltar; presentaba heridas en la cabeza, su dentadura estaba esparcida por toda su ropa; en su boca tenía algunos dientes sueltos y apretados entre las encías; por último presentaba una ráfaga de pistán que le había atravesado el pecho, cuyos orificios de salida le habían destrozado completamente la espalda. Además, presentaba otro tiro de fusil arriba del corazón.

Los familiares de Felipe Castro Parada, acusan a Hernán Siles Zuazo. José Cuadros Quiroga, Walter Guevara Arze, Humberto Dorakis, Germán Lema Araoz, Walter Pereyra Añez, Julio Calvo Crónenbold, Napoleón Zapata, Peto Barbery, Guido Landívar, Hugo Menacho, Juan Algarañaz, Rafael Uribe, Pipo Ramirez, Francisco Antelo, Jorge Antelo U., Jorge Soliz Román, José Rojas Guevara, Gregorio López, Walter Revuelta, Alvaro Pérez del Castillo, Aquino Vilches, Rodolfo Coca, David Morales, Jesús Carrillo, Juan Fernández, Mario Barba, Hernán Soria Galvarro, Luís y Edil Sandóval Morón, Claudio San Román, Adhemar Menacho y otros cuyos nombres escapan a su memoria, como autores de esta barbarie.

José Cuéllar Achával, otro de los mártires de Terebinto, fue muerto por el cacique de Ucureña Wenceslao Flores. Hombre cabal en toda la extensión de la palabra. Falangista de pelo en pecho. Noble y querendón de Santa Cruz. Defensor de la dignidad de la mujer cruceña, lo hizo acreedor a la gratitud del pueblo oriental, en todas las esferas sociales. Doña Elda Urgel de Cuéllar fue su leal compañera y le dio un hijo, Carlos Cuéllar Urgel. Su vida, fue una constante lucha contra la barbarie del M.N.R.. Durante seis años, vivió en constante zozobra y perseguido por la policía política del régimen imperante. Encarcelado y torturado infinidad de veces, fue también extrañado del país y supo del hambre físico y moral, en tierras extranjeras.

El 14 de mayo de 1958, fue uno de los complotados y dirigente del fallido golpe revolucionario. Corpulento y grueso, su estatura fue un obstáculo para la fácil huída. Oriundo de Cochabamba, carecía de los conocimientos del ambiente campesino oriental. El bosque y los insectos complotaron contra él, Pero afrontó con hombría, todos los contratiempos y supo sobreponerse a los sinsabores. Cuando las milicias desenfrenadas de Ucureña llegaron e hicieron de las suyas en Terebinto, quiso poner atajo a los bárbaros y los llamó a la reflexión en quechua, la misma lengua de los invasores. Trató de hacerse pasar como dueño de la finca, creyendo que sus coterráneos le harían caso. ¡ Pero todo fue imposible !. La algarabía de los asaltantes, que se gozaban torturando y matando, no tenía descanso. ¡Cumplían las órdenes recibidas !. Mientras más despiadados se porten, recibirán mejor paga.

Las granjerías de los caciques se multiplicarían. Comprendiendo José Cuéllar la inutilidad de sus gestiones para apaciguar a esos malvados, trata de darse a la fuga. Corre hacia el monte. Una veintena de indios, lo persiguen. Le dan alcance al pié de un pozo de agua. José Cuéllar Achával, lleva sus manos al vientre y recibe sus intestinos en las manos. De un solo tajo le han abierto el vientre. Un grito aterrador estremece el bosque. Un indio corpulento, lo toma del cuero de su chamarra y …lehace dar media vuelta y … Cuéllar, queda frente a frente a su captor y lo mira angustiosamente.

El indio desalmado, cruel y con una sonrisa diabólica le introduce un machete en el vientre y rasgando hacia la izquierda, le hace un tajo de cuarenta centímetros. Cuéllar da un grito desgarrador e instintivamente lleva ambas manos al vientre…y toma entre ellas, sus intestinos calientes que salen de su vientre…gime de dolor, pero aún tiene valor para implorar una vez más clemencia. Parado, con las piernas entre abiertas, y sosteniendo sus intestinos, Cuéllar dice: ¡ Ya que me mataron…por lo menos perdonen a los otros !. Los indios, rien a carcajadas y se mofan del infeliz mártir. Otro valiente..se acerca al moribundo…y con saña nunca vista, introduce en el vientre de aquel hombre, su puñal y le corta los intestinos y se los envuelve al cuello. El mártir se extorsiona de dolor y cae al suelo, donde es ultimado a patas y culatazos.

El cuerpo, todo ensangrentado y magullado a raíz de la feroz paliza que recibió antes de la es dejado a veinte pasos de la casa de hacienda y junto a un pozo de agua. Le toca el turno a Miguel Callaú Montero. Adolescente, apenas de dieciséis años, este muchacho también siente y le duele la patria. No puede quedar metido en su casa, mientras sus hermanos cruceños se sublevan y se alzan en armas contra la tiranía imperante. Se escapa de la casa en un descuido de la madre, y sale a unirse a los revolucionarios falangistas. Luego tiene que correr la misma suerte de aquéllos.

El destino, une a este muchacho con aquellos que muy pronto se convertirán en héroes y mártires. Los sigue, y aquel chiquillo se convierte en el niño mimado de los prófugos. Para él, todo aquello no pasa de ser sino una aventura y muy pronto, regresará para contar sus hazañas a la madre y los hermanos menores. Pero, aquella aventura no será de aquellas dichosas y llenas de recuerdos gratos. Será, la más cruel aventura y tal vez, la última de su vida que tenga aquellos trágicos contornos. Así fue torturado Miguel Callaú Montero por las huestes de Ucureña: Le metían bayonetazos y le cortaban la pierna con machete, para terminar su obra disparándole una ráfaga de pistán.

Es empujado por uno, de los genízaros de Ucureña. Cae a los piés de aquellas bestias y es levantado a golpes de puño, patadas y garrote. No trata de defenderse, y sabe cual es la suerte que le espera. Ha visto morir masacrados a tres de sus camaradas y está seguro que él, será el cuarto. Los culatazos menudean sobre su cuerpo. Tambaleante, sangrando y buscando, guiado por ese instinto de conservación, busca refugio tras las ruedas de un viejo carretón que hay cerca de la casa. Una ráfaga de metralla, le destroza el fémur de su pierna derecha, y cae al suelo. Los indios se abalanzan sobre aquel cuerpo ya destrozado por tanta paliza, y se dan a la tarea de triturarle la pierna ya herida. Le hacen tajos con machetes y bayonetas, y uno de aquellos desalmados, le introduce, una y más veces su bayoneta sobre el muslo ya sin vida, pues el muchacho, ya se había desmayado y lo creían muerto. Un leve movimiento, les demuestra a aquella rapiña de maleantes, que el joven aún está con vida, y lo trituran a culatazos. Callaú queda inmóvil y no da señales de vida. Sus lamentos y ayes de dolor han sido silenciados.

Los carniceros, aún tienen tres desventurados en sus manos. Estos sangran y miran con angustia a sus camaradas muertos; y llenos de pavor se miran unos a otros, como queriendo preguntarse cada uno, cual será el fin que les espera. Han sido maniatados con las manos detrás de las espaldas. No los dejan sentarse y son obligados a mantenerse de pié, ya que están extenuado y casi vencidos. Ellos son, Gabriel Candia Ribera, Alberto Mercado y Justo Jiménez. En el compás de espera , los indios no han perdido el tiempo. Dejaron de torturar y matar y se dedicaron a robar, a saquear la hacienda. Cada uno sale de la casa con el botín. Dineros, plata antigua, libras esterlinas, enseres de toda índole. Uno de ellos, a muy duras pena puede caminar, y no quiere que ninguno de sus amigos lo ayude. La bolsa que lleva sobre la espalda es muy pesada. Otros rocían con kerosene a las cosechas y tratan de prenderle fuego.

El fuego arde un rato, pero se apaga. Dios, tuvo piedad de los dueños de casa. De haber ardido aquello, toda la hacienda habría sido consumida por las llamas, y hasta quizás, sus moradores hubieran tenido horripilante muerte. Deliberan los caciques sobre la suerte que darían a los prisioneros. Resuelven llevarlos a la ciudad como botín de guerra. Se ordena la retirada, y se pone a los prisioneros en medio de las hordas.

En el camino. Resuelven humillar a sus víctimas. Y, el cacique Soliz, espoleando su caballo, se acerca a sus víctimas y les dice: ” Yo soy el Coronel “ Jorge Soliz, y conmigo nadie juega. ¡ Soy el Jefe de Ucureña !. Y, con su fuete, da de latigazos en los rostros de esos hombres indefensos y ya prisioneros.

Luego trata de obligar a los presos a dar vivas y dice: ¡ Viva el M.N.R. ! ¡ Viva Siles Zuazo ! ¡ Viva Paz Estenssoro ! ¡ Muera Santa Cruz y las cruceñas ! ¡ Abajo Falange ! ¡ Muera el Pinto ! ¡ Viva Guevara Arze !. Jorge Soliz Román, a caballo, ordena a sus huestes, flagelar y torturar a los prisioneros Gabriel Candia Ribera, Alberto Mercado y Justo Jiménez, en el lugar denominado “ La Miel “. Candia Ribera, responde: ¡ Viva Bolivia ! ¡ Viva Santa Cruz ! ¡ Viva Unzaga de la Vega ! ¡ Viva Mario Gutiérrez ! ¡ Viva Falange!. El “ Coronel “ Jorge Soliz Román, iracundo, ordena a sus huestes que flagelen a aquel rebelde. A Candia Ribera, lo torturan infamemente, y terminan por sacarle los zapatos, le cortan las plantas de los pies, y así, dándole latigazos, lo obligan a caminar dos kilómetros.


Llegan al lugar denominado “ Poza de las Liras “. Un indio, cae desmayado. El peso de la bolsa, de la rapiña, lo vence. Este incidente, es motivo de un descanso obligado. Descanso para aquellos foragidos y no para los prisioneros. Nuevas humillaciones a los prisioneros. Nuevas palizas. El cautivo Alberto Mercado Román, dirigiéndose a sus dos amigos de infortunio, les dice: ¡ Sálvense quien pueda ! Y, emprende veloz carrera. El gesto es desesperado, y sorprende a los malhechores.

Cuando estos reaccionan , comienzan a disparar sus armas sobre el fugitivo, que es alcanzado por las balas en la cadera y cae al suelo. Hizo su serte que al caer, lo hace sobre un barranco y va dando tumbos hasta quedar perdido en una pequeña profundidad. Allí se queda inmóvil y oyendo el via crucis de uno de sus amigos, Gabriel Candia Ribera. Justo Jiménez, el otro prisionero, también logró huir, tirándose de cabeza sobre una de las pozas, se sumerge y se pierde. Los indios, disparan sus armas hacia la poza buscando a su víctima. Esta no aparece.

El único que no ha podido huir es Gabriel Candia Ribera, está muy mal herido como para poder dar un paso. Sus pies, que fueron cortados y luego se desollaron con la caminata, no le permiten aventurarse a una fuga. Queda, pues, a merced de sus sádicos captores. Gabriel Candia Ribera. Hijo ejemplar, universitario del cuarto curso de Derecho de 24 años de edad. Activo militante de la oposición al M.N.R., tuvo que soportar la tiranía movimientista, y sufrir las consecuencias por no querer someterse a la barbarie. Buscando un mejor destino para la patria, fue de los principales actores revolucionarios del 14 de mayo de 1958.

Fracasada esta, se dio a la fuga con los amigos anteriormente citados, hasta llegar a Terebinto, refugiándose en la casa de don Ángel Mercado. Vió morir, en forma salvaje a sus camaradas de infortunio, Romer Mercado, Felipe Castro Parada, José Cuéllar Achával y Miguel Callaú Montero, ( a este último él lo creyó muerto, y no tuvo la suerte de saber que sobrevivió a las matanzas ), Cautivo, tuvo que seguir a sus captores en calidad de prisionero, en compañía de Alberto Mercado y Justo Jiménez, por un verdadero via crucis de varios kilómetros.

Cortadas sus plantas de los pies, y ya sin poder dar un paso más, vió huir y desaparecer a sus dos amigos, Mercado y Jiménez. Quedando él, como presa de odio incontenible de aquellos hombres – bestias, que no se detenían ante nada. Jorge Soliz Román, el dirigente cacique de Ucureña, que era el jefe de esas hordas se ensañó contra él, haciendo que sea bárbaramente torturado en pleno campo de descanso.

Para disimular, el reparto del botín entre los desalmados, cumpliendo la orden por él impartida, toman a Candia Ribera y le quitaron la poca ropa que tenía. Así casi semidesnudo, se lo trata de obligar a dar vivas a Siles Zuazo, a la Revolución Nacional, al M.N.R., a Ucureña y hasta al iracundo “Coronel “ Jorge Soliz Román. Ante la pertinaz negativa del mártir, y los vivas a los jefes de su partido, su pueblo y su patria, aquel valiente muchacho sufre las vejaciones más crueles que mente humana pueda concebir.

Candia Ribera, sabiendo que sus minutos están contados, se acuerda de sus padres y pide una gracia a sus verdugos. ¡ Déjenme ver a mi madre por última vez !. Gime el desventurado. ¿ Quieres ver a tu madre ?, le preguntaron con sorna sus verdugos. ¡ Pues la verás muy pronto !...le dicen. Un indio se acerca al desventurado y con un puñal…le arranca el ojo derecho. Un alarido espantoso retumba y se pierde en el bosque. ¡ Madre mía ! gime el mártir. Solo piensa en ella. Una nueva cuchillada, le arranca el ojo izquierdo, y como un trofeo de guerra, el indio asesino, expone ante sus desorbitados compañeros, el ojo en la punta de su puñal.

El mártir se retuerce de dolor, trata de desasirse de sus verdugos. No tiene fuerzas, y pide a gritos ver a su madre… Los verdugos ríen y se burlan de él. Los gemidos y ayes de dolor expresados a gritos molestan a sus verdugos. No pueden soportar esa voz que los acusa, y resuelven cortarle la lengua. Le derriban los dientes a golpes con las cachas de sus armas, y le arrancan la lengua y se la cercenan, sin asco alguno. No quedan saciados. Un nuevo tajo y le arrancan el labio superior.

El mártir no quiere morir, se retuerce de dolor y la sangre le sale a borbotones por todas partes. Le cercenaron los órganos genitales y se los introdujeron a la boca. Una ráfaga de ametralladora, sobre el valiente pecho de ese mártir, acaba con su vida. Su cuerpo mutilado se lo tira a una poza de agua para alimento de los buitres.

Las huestes de Siles Zuazo, regresan a su cuartel general de Montenegrina, y dan parte a sus superiores de su valiente como denodada hazaña. Maniatado y herido en la cadera, yace Alberto Mercado en la profundidad de un barranco, en “ Las Liras “. Cuando recobró sus fuerzas, se dio modos para romper sus ataduras que ligaban sus muñecas detrás de la espalda. Aterrorizado, con pánico irracional, oyó los gritos de dolor y angustia, de su infortunado amigo Gabriel Candia Ribera.

Volvía sus miradas, al cielo y mudo, como un idiota, no atinaba a ordenar sus ideas. Era un demente, una piltrafa humana. Pasado los momentos de honda consternación y de amargura, don Ángel Mercado buscó los respectivos carretones para trasladar a la ciudad a los cadáveres de las infortunadas víctimas y entregarlos a sus familiares, para que estos les den cristiana sepultura.

Fue entonces cuando descubrieron que el cuerpo de Miguel Callaú aún se encontraba con vida, embarcándolo en un carretón aparte. Con ese fúnebre cargamento, producto del odio vesánico que les habían inyectado en las venas a los feroces milicianos de Ucureña, los corifeos del Palacio Quemado, para que no solo humillen, torturen y aplasten al pueblo cruceño, para que nunca más reclamen el pago de las regalías petrolíferas, sino también para que los asesinen y los mutilen, como hacían los hunos y los vándalos con sus prisioneros de guerra. Conduciendo los carretones por el viejo camino de herradura, don Ángel avanzaba hacia Santa Cruz, al paso cansino de sus mansos bueyes, correspondiéndole arribar a su destino en las primeras horas de la noche del mismo día.

Las autoridades movimientistas, ordenaron un apagón de luz en toda la ciudad, a fin de que la población cruceña no pudieran conocer el cargamento que traían los carretones. Sin embargo, cuando los cadáveres fueron distribuídos a sus respectivos domicilios, la noticia voló en alas del viento por los cuatro costados de la ciudad y en menos de una hora, toda la ciudadanía tuvo conocimiento de los monstruosos sucesos producidos en el “Potrero del Naranjal “ e inmediatamente se levantó una ola de indignación general, sindicando como autores intelectuales al propio Presidente Siles Zuazo, a su Ministro de Gobierno José Cuadros Quiroga y a todo su equipo de palaciegos.

El cuerpo, casi exánime de Miguel Callaú, sangrante y cubierto de heridas de bala y machetazos, fue conducido al Hospital “ San Juan de Dios “ para su curación, donde sin embargo algunos movimientistas trataron de ultimarlo, siendo salvado por la oportuna intervención de las religiosas de ese nosocomio. Cinco días después, también llegaba a Santa Cruz don Humberto Candia, trayendo el cuerpo horrorosamente mutilado de su hijo Gabriel, despertando nuevamente el repudio y protesta general de la población, traducida en el apoteósico acompañamiento de los féretros a la última morada.

El cadáver que en el primer momento más llamó la atención que se velaba en su domicilio de la primera cuadra de la calla “ Libertad “, fue el del señor José Cuéllar Achával, porque sus vísceras habían sido vaciadas, situación que determinó para que las autoridades movimientistas, ordenaran a los familiares para que tapen dicho cadáver y no continúe siendo observado por el numeroso público.

El médico forense no fue llamado para que practique la autopsia en tales cadáveres, conforme por Ley correspondía. ara mayor indignación de la población, que pudo convencerse de la calidad moral de los responsables de estos horrendos crímenes, las autoridades lanzaron la información de que las víctimas habían sido el producto de un enfrentamiento armado entre milicianos y refugiados, aseveración que nadie se la tragó, porque nunca aparecieron las bajas que debieron sufrir los esbirros, que de modo ex profeso envió contra Santa Cruz el carnicero del Palacio Quemado.

Los órganos de difusión de Santa Cruz, que entonces eran pocos, fueron amordazados por el oficialismo, pretendiendo que la opinión pública nacional ignore la magnitud de los excesos cometidos por los milicianos ó paramilitares de Ucureña. Solo “ EL DIARIO “ de la ciudad de La Paz, en la página 4 de su edición del 27 de mayo de dicho año publicó el despacho de su corresponsal en la capital cruceña, mayor de ejército (r)Alberto Lanza Quezada, quién desde su refugio envió un pormenorizado detalle de todo lo ocurriso, el mismo que mereció el título de “ SANTA CRUZ LLORA SU DOLOR Y SU TRAGEDIA “, cumpliendo el propósito de informar a la opinión pública nacional, sobre la forma con que había actuado el gobierno movimientista para aplastar al pueblo cruceño y acallar el reclamo sobre pago justo de regalías petrolíferas.

Al día siguiente, 28 de mayo, se hizo presente en el Colegio Militar de Irpavi, el Ministro de Defensa Germán Monroy Block, para destituir a un profesor que había leído a sus alumnos, los cadetes, el artículo al que hacemos referencia, advirtiendo a todos los demás profesores y cadetes, de que en igual forma se procedería contra quienes difundan informaciones contrarias al gobierno. ¡ Esa era la democracia que practicaba el gobierno movimientista !.

Pero la verdad de lo acontecido en Terebinto, gracias a dicho artículo, se esparció a través de nuestra geografía nacional y pronto llegaron a la capital cruceña, sendas delegaciones de universitarios de Chuquisaca, Cochabamba y La Paz, las mismas que se encargaron de recoger los testimonios verídicos de los acontecimientos con toda la ferocidad con que fueron consumados. Al mismo tiempo, el entonces semanario “ Presencia “, en su edición correspondiente al día 29 del mismo mes, censuraba las acusaciones irresponsables del gobierno de Siles Zuazo al sindicar de “ separatista “ a un pueblo que como Santa Cruz había dado sobradas muestras de civismo, tanto durante la “ Guerra de la Independencia “, como en las guerras del Pacífico, del Acre y en las trincheras del Chaco, en todas las cuales los cruceños hicieron prodigios de valor y heroísmo. La “Columna Porvenir “ de gloriosa recordación, integrada en su mayor parte por cruceños y costeada íntegramente por otro cruceño, como don Nicolás Suárez, hicieron posible que el actual departamento de Pando, continúe siendo de Bolivia, rescatándolo de los filibusteros brasileños.

En la misma página, ¡ Presencia “ da cuenta de la deportación del Dr. Melchor Pinto Parada a la capital argentina. El juicio inapelable de la historia tendrá que castigar con látigos de fuego a los autores intelectuales y materiales de tan horrenda carnicería humana. Es de lamentar que los malos cruceños, muchos de los cuales fueron cómplices o encubridores de las humillaciones y vejámenes que soportó Santa Cruz, aún se reproducen como hongos venenosos.

Con su actitud vergonzosa ellos han escrito una página luctuosa en el historial de nuestra tierra y las generaciones venideras serán implacables con la memoria de ellos. Mientras tanto, los nombres de esos hermanos, salvajemente inmolados, se conservarán en el recuerdo de todos los buenos cruceños, como las víctimas del odio ancestral de quienes siempre se opusieron al desarrollo y adelanto de Santa Cruz, sus llagas permanecerán abiertas mientras no se reparen las ofensas y difamaciones como respuesta al cordial recibimiento que brindó a todos los que llegaron a nuestra heredad, porque “ es ley del cruceño la hospitalidad”.

HONOR Y GLORIA A :

FELIPE CASTRO PARADA,
ROMER MERCADO ORDOÑEZ,
GABRIEL CANDIA RIBERA Y
JOSÉ CUÉLLAR ACHÁVAL